jueves, 3 de junio de 2010

Lúa, uñas

Un día, en Portugal, Rute encontró una preciosa gata negra tirada en la calle. Estaba malherida. La llevó al veterinario y la curaron. Después le puso un nombre: Lúa, que significa Luna en gallego. Y decidió quedársela y cuidar de ella.

Varios meses más tarde llegué a Santiago y empecé a buscar piso. Visité dos o tres y no me gustaron, hasta que llegué a la que iba a ser mi casa durante aquel año. Rute, que estaba de vuelta en Galicia, fue quien me la enseñó. Me avisó que en la casa vivía una gata, así que si eso me suponía un problema… ¿Problema? Qué va, mujer, para nada, por mí de puta madre. Pero la verdad es que le tenía un miedo de muerte a los gatos. Gracias a Rute y a Lúa lo superé. Es decir, lo superé temporalmente. Al cabo de unas semanas (bueno, venga, al cabo de unos meses), le había perdido el miedo a Lúa. Sin embargo, esto de los miedos no es tan sencillo como nos han enseñado. Uno no tiene un miedo, se enfrenta a él, lo supera y ya está, se acabó el miedo para siempre. No. A mí, al menos, no me funciona. Porque resulta que, al parecer, aquella experiencia no sirvió de nada y ahora vuelvo a tenerle miedo a los gatos. O no, yo qué sé, a lo mejor no les tengo miedo y lo que pasa es que Hugo me tiene manía (porque me tiene manía, Silvia, me tiene manía él a mí y no yo a él, es así y me da igual lo que digas). También puede ser que le perdiera el miedo a Lúa pero no a los gatos, lo que no dejaría de ser paradójico, porque Lúa es, con diferencia, la gata más mala que he conocido en mi vida. Algunas noches se metía en mi cama, debajo de las sábanas, y se quedaba a dormir conmigo, usando mi barriga como almohada. Después, a las tantas, se despertaba y empezaba a morderme y arañarme los pies. Y no eran arañazos cariñosos, no, ni muchísimo menos. Era una auténtica carnicería. Por más que intentara explicarle que no era de buena educación hacerle eso a una persona dormida, ella seguía dándome guerra. Nos enzarzábamos en un cuerpo a cuerpo bastante desigual (Lúa habría podido fácilmente conmigo y con cinco tíos como yo), y al final, agotado y lleno de arañazos, buscaba la manera de echarla del cuarto.

Pero no es de Lúa de lo que yo quería hablar. Yo quería hablar, aunque suene empalagoso, de la soledad. Y es que, de algún modo, parece como si, al adoptar a un animal, nos sacudiéramos nuestra soledad (como quien se sacude una garrapata) a costa de la suya. Me explico. Resulta que en la casa de Santiago éramos tres personas (Cris, Rute, os echo de menos) y una gata. La pobre estaba muy sola. La ventana del salón daba a un gran patio, un patio no, algo raro, una especie de descampado de hormigón rodeado de pisos. Y allí vivían muchos gatos. Recuerdo que no tenían dónde resguardarse (no había ni un tejadillo, ni un mísero toldo, nada), y cuando llovía aguantaban el chaparrón en silencio, sin moverse, como estatuas. Nosotros vivíamos en la quinta planta. Estábamos lejos de ellos. Así, creo, debía de sentirlos Lúa: lejos. A veces se subía a un sillón que había junto a la ventana y se los quedaba mirando. Teníais que haberla visto, apoyada en las patitas delanteras, las traseras descansando sobre el sillón. Era una imagen absorbente, hipnótica, no sé, evocadora. ¡Cómo miraba a los gatos! Ni a Cris ni a Rute ni a mí nos miraba nunca de ese modo. También, otras veces, cuando dejábamos la ventana abierta, se subía al alféizar y se tumbaba allí a contemplar el patio. Hasta que un día, de buenas a primeras, desapareció. Lúa no estaba en la casa. Creo que fue Rute la que se asomó a la ventana y la vio: estaba en la terraza de la vecina del primero, cuatro pisos más abajo. Increíblemente no se había hecho daño. Había bajado cuatro pisos en un tiempo récord, rodando en el vacío sin paracaídas, y no sólo sobrevivió sino que apenas se hizo un rasguñillo de nada. Esa gata era increíble. Lo que me pregunto es cómo fue a parar al patio de la vecina. Se cayó, diréis vosotros, estaba en el alféizar, pegó un resbalón y se cayó. Puede ser. Es más, tiene toda la pinta de que eso fue exactamente lo que pasó. Pero también puede ser que no pudiera soportar la soledad y intentara saltar al patio de los gatos para reunirse con ellos.

Todo esto me viene a la cabeza porque acabo de ver a una parejita paseando al perro en el canal Saint-Martin. La mujer lo sujetaba con la correa y el hombre le hacía carantoñas, pero el perro no le prestaba la menor atención. Tenía la vista clavada en algo mucho más importante: otro perro. Se lo comía con los ojos. Lo miraba con los músculos tensos, dispuesto a salir disparado en cuanto le quitaran la correa. No me gusta sacar conclusiones fáciles (ni difíciles), y, por puro orgullo, trato de evitar los manidos alegatos ecologistas, pero, joder, imaginaos que nos mantuvieran aislados del resto de las personas, y que, cuando al fin nos dejaran ver a alguna, sólo nos permitieran olisquearle el culo durante un par de minutos, chuperretearnos un poco y pare usted de contar. No tengo ni idea de lo que quiero decir, ni siquiera sé si quiero decir algo; lo que sí sé es que cuando veo a un perro intentando zafarse de la correa para ir en busca de otro perro, cuando recuerdo a Lúa asomada a la ventana, me dan ganas de sacar las uñas y ponerme a maullar.

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