miércoles, 9 de junio de 2010

La hora de las ventanas

A las diez y cuarto se encenderán las farolas. Hace tiempo que llevan horario de verano, aunque aquí el calor viene con retraso y aún ni siquiera ha llegado la primavera. Son las nueve y media y ya es de noche. En los alrededores de la Gare du Nord no hay más luz que la que emiten los neones de los bares. Azules, morados; sobre todo rojos. Hay algo inquietante en esta penumbra roja que baña las calles. Las aceras son rojas, las paredes son rojas y todo es un poco irreal. Es la hora de las ratas, la hora de las esquinas. Es, también, la hora de las ventanas. Ahí arriba, en el tercer piso. La luz está apagada y las cortinas abiertas. No puedo verles pero sé que están ahí porque brillan tres cigarros en la oscuridad. ¿Me observan? No lo sé, es probable. No hay nadie más en la calle. ¡Eh, vosotros! ¡Los de la ventana! ¿Por qué me miráis? ¿Qué queréis de mí? No contestan. Se apaga un cigarro. Una cerilla ilumina por un momento el rostro de uno de ellos. La cerilla se consume y vuelve a haber tres cigarros brillando en la oscuridad. Ahora sé que me observan.

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