lunes, 21 de junio de 2010

¡Gracias, Britney!

No hay nada más fácil que engañarse a sí mismo. Cantar mal es muy fácil, y jugar a las damas, y leer a Dan Brown, pero engañarse a sí mismo es todavía más fácil. Yo, sin ir más lejos, tenía la vaga esperanza de ser más o menos imparcial en materia artística; creía o quería creer que no me importaba gran cosa quién dijera o hiciera qué: lo que me importaba, decía yo con la barbilla mirando al cielo, era lo que hacía o decía. Un libro, una canción o una película serían buenas o malas por todos los motivos que te dieran la gana, pero no porque el autor se llamara Archimboldi o Periquito el de los Palotes. Para demostrarlo argumentaba que Fijación oral me parecía (y me parece) un disco muy bueno, aunque sea de Shakira, y que Beyoncé tiene algunos temazos, y que Dan Brown, bueno, no, lo que hace Dan Brown es una grandísima mierda, y no porque lo haga él. Hace un ratito, sin embargo, he descubierto que mi esperanza no era lo bastante vaga. Resulta que estaba escuchando la radio y de pronto ha sonado una canción que me ha puesto la mar de contento. Y me he dicho: qué alegría de canción, Dani, sería bonito tenerla a mano por si algún día te apetece ponerte alegre. A ver si eres capaz de entender lo que está diciendo esa muchacha y quedarte con la letra. Y lo he intentado y me ha salido regularcillo, pero alquna que otra frase sí que he pillado, y después me he metido en internet y las he escrito en google y voilà, me ha salido la canción. Es New soul, de Yael Naim. Ah, qué fácil estar alegre cuando suena New soul. Así que me he puesto a buscar cosas de la tal Yael Naim y he encontrado su segundo disco (el primero, según dice ella misma, fue un churro). Y escucha que te escucha y ya lo he escuchado dos o tres veces seguidas (saltándome las canciones malas, que algunas tiene) y es todo el rato así muy ñoño y muy suavecito en plan uúu uu á uuuúuu, de modo que me está gustando mucho porque yo también soy muy ñoño y muy suavecito y porque gracias a dios me ha pillado con las defensas bajas. Bueno, pues la cosa es que al llegar a la canción número 11 me doy cuenta de que aquello me suena de algo, y también me doy cuenta de que es una temazo que me engloba de una manera muy rara y hace que la boca se me quede lacia y se me caiga la babilla y me da mucho gustirrinín, como si una mano invisible se hubiera colado mi pecho y me diera pellizquitos en el corazón. ¿Pero de qué me suena? Recurro otra vez a google. Tecleo el título: Toxic. Y resulta que es una versión de una canción de… ¡Britney Spears! Tricu triri, se produce un pequeño cortocircuito en mi cerebro. ¿Britney Spears? Que me guste Shakira, o hasta Beyoncé, vale, pero pedirme que me guste Britney Spears es como pedirle a una gamba que le guste el agua hirviendo. Sin embargo, allá que me armo de valor y me pongo a escuchar la canción de la Britni, y hostias, es igualita a la otra sólo que pasada de revoluciones, así que también me gusta y no puedo evitarlo. Coño, ¿y por qué iba a evitarlo? ¿No habíamos quedado en que no importaba quién dijera ni hiciera qué, sino lo que dijera o hiciera? Pues eso. ¡Britni, aquí me tienes, soy todo tuyo! ¡Tómame o mátame, pero no me ignores! Y, por cierto, gracias por enseñarme lo fácil que es engañarse a sí mismo.





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