jueves, 3 de junio de 2010

Espaguetis, macarrones, tallarines

Que la forma determina el contenido es una verdad profunda que va más allá de la teoría literaria y de la metafísica. Hasta hace un tiempo, yo no podía entender que hubiera personas que prefirieran los espaguetis a los macarrones, o al revés. Comprendía que les gustara más el modo de comerlos, que les resultara más fácil o más difícil (yo siempre me como los macarrones con cuchara, porque no consigo pincharlos con el tenedor), pero me reventaba que dijeran que les gustaban más unos que otros. Me parecía una niñería. ¿No se daban cuenta de que eran exactamente lo mismo, sólo que cortado de modo distinto?

Después me independicé y mis opiniones empezaron a venirse abajo. ¡La vida de soltero! Pasé dos años comiendo casi exclusivamente pasta, y descubrí que no hay nada tan distinto como dos platos de pasta distintos. Lo descubrí, sí, pero no me di cuenta de que lo había descubierto hasta que un día Manolo vino a comer a mi casa. Cuando me vio sacar el paquete de tallarines, dijo: «ah, tallarines. Están buenos». Eso fue todo. Dijo que estaban buenos, pero lo que quería decir, o lo que yo interpreté que quería decir, era que estaban más buenos que los espaguetis. Y fue entonces cuando tuve la revelación. Me limité a decir: «sí, están buenos», y hice como si nada, pero las rodillas me temblaban de emoción. Dentro de mí se había encendido una luz muy grande y muy blanca. Lo que había dicho Manolo era una verdad como un castillo. ¡Los tallarines estaban buenos! Hasta entonces nunca le había prestado la menor atención a qué clase de pasta compraba, simplemente iba al supermercado y cogía la más barata. Pero ahora me daba cuenta de que los tallarines eran sin duda la que más me gustaba. Pasaron por mi cabeza un montón de recuerdos: aquella vez, por ejemplo, que preparé el plato de pasta más cutre de la historia (poco menos que pasta con agua y sal) y me supo a gloria y no lograba explicarme por qué me sabía tan bien. ¡Eran tallarines! ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo sin darme cuenta? Dios mío, ¿en qué me estaba convirtiendo? A ese paso, pronto acabaría como uno de esos grises funcionarios de Gógol, tan insulsos que ni siquiera son capaces de gozar de la comida. ¡Ni hablar! No, no y no. Al fin sabía lo que me gustaba. Mi vida cambió a partir de aquel día. Ahora, en vez de comprar espaguetis compro tallarines, aunque no estén de oferta, y creo que soy un poco más feliz. Así que gracias, Manolo, no sabes el favor que me hiciste. Uno puede vivir tranquilamente sin saber nada sobre la dialéctica hegeliana, pero la vida no sería digna de vivirse si no supiéramos decir cuál es nuestro plato favorito.

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