lunes, 7 de junio de 2010

El guapo y el feo

Hoy iba caminando por la calle y un hombre se me acercó por la espalda. Aminoró el paso y se puso a caminar junto a mí. No iba mal vestido, no, al menos, peor que cualquiera de nosotros. Era alto y delgado, tenía una bonita melena castaña y, sobre todo, era muy guapo. Pensé que iba a preguntarme dónde estaba una calle o algo por el estilo, pero lo que me preguntó fue si no tendría por casualidad unas monedas. Me llevé una gran sorpresa: no parecía un mendigo. No tanto por la ropa como por lo guapo que era. Los mendigos no son guapos. Los guapos siempre triunfan, y puede que esté bien que así sea. Al fin y al cabo, no es justo que la belleza pase hambre. A los hombres guapos y a las mujeres guapas habría que ponerles una renta vitalicia para que puedan dedicarse únicamente a estar guapos todo el tiempo y a alegrarle el día a la gente. Pasa lo mismo que con el talento: aunque la historia del genio incomprendido esté más manoseada que la biblia de un cura, algo dentro de nosotros se sigue revolviendo cuando vemos a un gran artista (no a un artistilla cualquiera sino a un gran artista: una Flannery O’Connor, una Katherine Mansfield, un Kafka) viviendo en una pocilga porque no consigue vender nada. Ese tío tenía que estar viviendo en un palacio, pensamos. Y puede que pensemos bien, siempre y cuando sea un palacio abierto al público.

El mendigo guapo me vio negar con la cabeza, hizo un gesto de resignación y siguió caminando, parándose de vez en cuando para echarle un vistazo a una papelera o para pedirle dinero a alguien, hasta que lo vi perderse al fondo de la calle. Pasé junto a un escaparate y me detuve a mirar mi reflejo. Ése que me miraba desde el cristal era un impostor. Yo era un impostor. Me sentía como si hubiera alquilado un smoking y un cochazo para hacerme pasar por rico en una fiesta elegante. Me dio la impresión de estar viviendo una vida mejor que mi vida, una vida mejor que yo. Yo, con todas mis ínfulas, nunca crearé nada la mitad de hermoso que la cara de ese tío, y sin embargo es él y no yo quien va pidiendo dinero por la calle. Sé que eso no arreglaría nada, pero espero que por la noche, antes de acostarse, se mire a un espejo y se dé cuenta de lo guapo que es, y se acuerde de todos los desgraciados que no quisimos darle esas putas monedas, y tenga al menos la arrogancia de reírse de nosotros.

1 comentario:

  1. ¿Tienes un eurito muchacho? Es que me hace falta para ir a Chiclana que se me ha muerto el canario y a este paso llegaré tarde al duelo. Acuérdate de lo que dijo un griego "la belleza es una tiranía de corta duración." Y era muy muy feo. Todos somos mendigos y guapos y feos. Según uno mire, según uno tenga el día, las cosas son bonitas o feas. No sé si merecía tu moneda ese tipo ¿tú merecías la suya?. Dí que sí colega.

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