sábado, 26 de junio de 2010

Arenas movedizas

Llega el verano y se abren las ventanas. De pronto el aire se llena de vecinos: te asomas al balcón y sólo ves vecinos semidesnudos tras las persianas subidas, te echas una siesta y sólo oyes a los vecinos fregar los platos, a los vecinos reír y cantar, a los vecinos roncar, follar, gritar. Llorar no, casi nunca se oye a un vecino llorar, y si alguna vez lo oyes, lo recuerdas. ¿Por qué recordamos los momentos tristes mejor que los alegres? Todo el mundo conoce la respuesta: porque dios es un amargado. Necesitaba sentir que había alguien más desgraciado que él, y por eso nos creó tan jodidamente mal. Así nos va, a cada paso que damos nos hundimos un poco más en nuestros peores recuerdos, y cuanto más luchamos contra ellos más rápido nos tragan, como las arenas movedizas. Yo, por ejemplo, llevo clavado en algún sitio el recuerdo de una gran desilusión. Fue hace cinco o seis veranos, puede que más. Eran las cuatro de la madrugada. A través de las ventanas abiertas oí unos fuertes hipidos. Parecía el llanto de una mujer. Se me aceleró el corazón. ¿Hay algo más hermoso que el llanto de una mujer en mitad de la noche? Salí corriendo al balcón y la vi, en el portal de enfrente, con un hombre. El golpe fue tremendo: no lloraba, sólo estaba riendo.

Recuerdo esa risa traidora, esa risa que me puso tan triste, como si acabara de oírla. Estoy seguro de que ella, la mujer que reía, hace tiempo que olvidó aquella noche feliz.

viernes, 25 de junio de 2010

A dos metros bajo tierra

Desde hace algún tiempo leo muchos más libros de cuentos que novelas. Incluso creo que leo más poesía que novelas. Y sí, qué coño, aunque leo poquísimo ensayo, también leo más ensayo que novela. La verdad es que me cuesta entender cómo podía leer tantas novelas hace unos años. Ahora me aburren. O son estúpidas y no hacen más que amontonar anécdotas muertas como quien amontona tortugas muertas, o son tostones indigeribles en los que no hay más que digresiones por todas partes. A ver, una aclaración: a mí me gustan las digresiones, pero no las de los novelistas. Tampoco, por norma general, las de los filósofos homologados, sino las de esos bichos híbridos que anidan en tierra de nadie: un Montaigne, un Steiner, un Cyril Connolly, un Borges. También me gustan las digresiones de Proust, claro, pero Proust es único. Aparte de él, son muy pocos los novelistas que puedan ponerse a filosofar sin hacer el ridículo.

El caso es que desde que no leo novelas venía echando de menos tener algo a lo que engancharme, algo que te mantenga en vilo durante horas, que te coja por el pescuezo como los gatos cogen a los gatitos y te tenga así toda la noche, hasta que te caigas de sueño y no te quede más remedio que decirle adiós (adiós no, hasta mañana), muriéndote de rabia porque quieres saber lo que va a pasar después. Para eso los libros de cuentos no sirven. Por mucho que a los críticos literarios les guste echar mano del camelo ése de la unidad del libro, del hilo conductor que unifica los relatos y todas esas gilipolleces que dicen cuando no saben qué decir (también son muy pocos los críticos, o, en general, son muy pocos los que pueden ponerse a filosofar sin hacer el ridículo), la verdad verdadera es que un cuento lo lees y se acabó, lo que viene después ya es otro cuento. Con las películas pasa lo mismo. Total, que me puse a cavilar sobre el asunto y llegué a la conclusión de que lo que me hacía falta era encontrar una buena serie de televisión. Así que le eché un vistazo a filmaffinity para ver cuáles tenían mejor pinta. Y empecé a bajármelas. Primero probé con Perdidos, que, la verdad, me enganchó, pero al cabo de diez capítulos empezó a aburrirme. Me daba la impresión de que, de ahí en adelante, la serie no iba a hacer más que enrevesarse, multiplicar las anécdotas y los personajes sin ton ni son, sólo por la pura necesidad de acumular capítulos, aunque ya no se tengan ideas o sólo se tengan ideas malas. Después probé con una que se llama The wire y que en filmaffinity tiene críticas muy buenas. No terminé de ver el primer capítulo. Yo qué sé, era una mierda. Después me bajé Californication. Es una serie estúpida en la que no hay ni un solo personaje que no sea de cartón piedra, pero tiene escenas y diálogos divertidísimos, y me descojonaba viéndola. Es la serie ideal para sobrevivir a un día de resaca. O a dos. Californication tiene su qué, y además salen un montón de tetas, pero, una vez más, al cabo de diez capítulos se ponía repetitiva. Era como echar un polvo muy largo sin cambiar de postura, un polvo en el que, además, sabes que no vas a correrte. Probé con Sangre fresca. Pensaba que me iba a gustar porque el tema de los vampiros, aunque (¿o porque?) esté tan de moda, me encanta, y porque tenía pinta de ser una serie para adolescentes y yo creía seguir siendo un adolescente. Pero a lo mejor resulta que no lo soy, o a lo mejor a los adolescentes tampoco les gusta, no sé, el caso es que cada vez que el vampiro bueno ponía la cara de vampiro-sexy-atractivo-interesante-profundo-mírame-a-los-ojos-porque-nunca-has-visto-otros-iguales me entraban ganas de potar, así que a la mitad del segundo capítulo la dejé. La siguiente fue Los Soprano. Ésa casi se lleva la muñeca. Es buena. A ratos sólo es entretenida, como casi todas las series, y a ratos es algo más. Pero no terminaba de tener ese puntito extra que hace que se me ponga la piel de gallina, de modo que probé con otra. Ahora creo que al fin la he encontrado. Voy a tocar madera, porque sólo llevo vistos cinco capítulos, pero me parece tan genial que no puedo esperar a que llegue el desencanto, quiero decirlo ya: ¡me encanta A dos metros bajo tierra! Es, quizá, menos entretenida que las series estándar, pero ojalá todas las series supieran renunciar tan magistralmente a parte del entretenimiento. Hace unos años habría dicho que es la caña de España; hace todavía más años (si hubiera nacido, por ejemplo, en los años cuarenta) a lo mejor habría dicho que es la pera limonera. Pero como soy un hijo de mi tiempo, voy a decir solamente que es la hostia, que es la polla, que dejéis lo que estéis haciendo y os pongáis ahora mismo a verla. Ea, eso es lo que quería decir y ya lo he dicho.

lunes, 21 de junio de 2010

¡Gracias, Britney!

No hay nada más fácil que engañarse a sí mismo. Cantar mal es muy fácil, y jugar a las damas, y leer a Dan Brown, pero engañarse a sí mismo es todavía más fácil. Yo, sin ir más lejos, tenía la vaga esperanza de ser más o menos imparcial en materia artística; creía o quería creer que no me importaba gran cosa quién dijera o hiciera qué: lo que me importaba, decía yo con la barbilla mirando al cielo, era lo que hacía o decía. Un libro, una canción o una película serían buenas o malas por todos los motivos que te dieran la gana, pero no porque el autor se llamara Archimboldi o Periquito el de los Palotes. Para demostrarlo argumentaba que Fijación oral me parecía (y me parece) un disco muy bueno, aunque sea de Shakira, y que Beyoncé tiene algunos temazos, y que Dan Brown, bueno, no, lo que hace Dan Brown es una grandísima mierda, y no porque lo haga él. Hace un ratito, sin embargo, he descubierto que mi esperanza no era lo bastante vaga. Resulta que estaba escuchando la radio y de pronto ha sonado una canción que me ha puesto la mar de contento. Y me he dicho: qué alegría de canción, Dani, sería bonito tenerla a mano por si algún día te apetece ponerte alegre. A ver si eres capaz de entender lo que está diciendo esa muchacha y quedarte con la letra. Y lo he intentado y me ha salido regularcillo, pero alquna que otra frase sí que he pillado, y después me he metido en internet y las he escrito en google y voilà, me ha salido la canción. Es New soul, de Yael Naim. Ah, qué fácil estar alegre cuando suena New soul. Así que me he puesto a buscar cosas de la tal Yael Naim y he encontrado su segundo disco (el primero, según dice ella misma, fue un churro). Y escucha que te escucha y ya lo he escuchado dos o tres veces seguidas (saltándome las canciones malas, que algunas tiene) y es todo el rato así muy ñoño y muy suavecito en plan uúu uu á uuuúuu, de modo que me está gustando mucho porque yo también soy muy ñoño y muy suavecito y porque gracias a dios me ha pillado con las defensas bajas. Bueno, pues la cosa es que al llegar a la canción número 11 me doy cuenta de que aquello me suena de algo, y también me doy cuenta de que es una temazo que me engloba de una manera muy rara y hace que la boca se me quede lacia y se me caiga la babilla y me da mucho gustirrinín, como si una mano invisible se hubiera colado mi pecho y me diera pellizquitos en el corazón. ¿Pero de qué me suena? Recurro otra vez a google. Tecleo el título: Toxic. Y resulta que es una versión de una canción de… ¡Britney Spears! Tricu triri, se produce un pequeño cortocircuito en mi cerebro. ¿Britney Spears? Que me guste Shakira, o hasta Beyoncé, vale, pero pedirme que me guste Britney Spears es como pedirle a una gamba que le guste el agua hirviendo. Sin embargo, allá que me armo de valor y me pongo a escuchar la canción de la Britni, y hostias, es igualita a la otra sólo que pasada de revoluciones, así que también me gusta y no puedo evitarlo. Coño, ¿y por qué iba a evitarlo? ¿No habíamos quedado en que no importaba quién dijera ni hiciera qué, sino lo que dijera o hiciera? Pues eso. ¡Britni, aquí me tienes, soy todo tuyo! ¡Tómame o mátame, pero no me ignores! Y, por cierto, gracias por enseñarme lo fácil que es engañarse a sí mismo.





viernes, 18 de junio de 2010

Gente!

Abro la nevera de playa y preparo dos tintos con casera: uno para ti y otro para mí. Yo ya llevo tres y tú cuatro, o al revés, no estoy seguro y me alegro de no estarlo. Es mediodía y el sol pega fuerte, así que nos revolcamos por el césped recién regado y dejamos que nos empape la ropa. En la radio suena algo de los Mártires, es el día internacional sin coches y no se oye ni un ruido en la calle. Alguien grita a lo lejos algo que empieza por quillo y acaba en joé. Huele a polen del rubio, huele a tierra caliente, y no nos importa nada. Os echo de menos.

¿Preocupada por lo que ocurra cuando se bañe?

En La tristeza y la piedad se nos cuenta cómo, en la Francia ocupada por los nazis, la penuria era tan crítica que no podían satisfacerse las necesidades más básicas. Y, como es sabido, para las francesas no hay necesidad más básica que la belleza, de modo que, a fin de paliar la escasez de un producto fundamental (¡las medias!), una empresa de lencería tuvo la genial idea de comercializar pintura para las piernas. La nueva moda en París –decía el anuncio televisivo–, son las medias de seda sin seda. Las señoras están cambiando sus ligas por brochas. Todo lo que debéis hacer, señoras, es teñir vuestras piernas […] ¿Preocupada por lo que ocurra cuando se bañe? No hay problema, las medias pintadas son a prueba de agua. ¡Y, sobre todo, Elisabeth Arden garantiza que no tendrán carreras!

La anécdota es triste y divertida, y uno no sabe si reír o llorar. Normalmente, cuando decimos esta frase trillada no acabamos haciendo ninguna de las dos cosas (¿la decimos precisamente porque no podemos hacer ninguna de las dos cosas?); yo, sin embargo, el día que vi el documental me reí, creo que me reí mucho. Hoy, en cambio, al recordarlo, no sé... A lo mejor lo que me pasa es que la primavera nos ha tenido engañados durante unos días, y ahora, de pronto, vuelve a hacer frío y llueve y no es justo que esto pase mediados de junio. El caso es que pienso en esas medias falsas y tengo la sensación de que alguien me ha estado mintiendo desde que nací, de que al nacer fui a caer en el lugar equivocado, en un lugar que no existe. ¿Nunca os habéis sentido como una de esas medias? ¿Nunca habéis sentido que en algún momento os han dado el cambiazo y que ya no sois más que las sobras, la cáscara, el fantasma del que nunca fuisteis? ¿Nunca habéis sentido que sois una respuesta estúpida a una pregunta estúpida? ¿Nunca habéis sentido, en fin, que cualquier día, al miraros en el espejo, aparecerá Elisabeth Arden con su pelo brillante y sus piernas pintadas, que os mirará con su mejor sonrisa y os garantizará que tampoco a vosotros se os pueden hacer carreras porque sois una carrera, que no podéis morir porque ya estáis muertos?

sábado, 12 de junio de 2010

No quiero morir aquí

Según Cocteau, el sueño es el lugar donde todo el mundo puede ser un genio. Pst, si lo dice Cocteau a lo mejor es verdad. Lo que sí es seguro es que en el sueño todos somos iguales, porque todos podemos llegar a ser cualquier cosa. Es el sueño lo que nos iguala, y no, como quiere la sabiduría popular, la muerte. En la muerte no somos iguales, ni muchísimo menos. La muerte tiene una jerarquía tan estricta como la vida: hay muertos y hay muertos. Para comprobarlo basta con venir al cementerio de Père-Lachaise. Nada más franquear la entrada nos topamos con un bonito plano dibujado sobre un panel de plástico. El cementerio, por lo visto, está dividido en un montón de parcelas. En una están enterrados los escritores, en otra los pintores, en otra los músicos. Hay una parcela reservada a los caídos en combate, otra a los grandes generales, y, supongo, no tardarán en habilitar un lindo solar para las víctimas de violencia doméstica, para las mujeres emancipadas, los voluntarios de la cruz roja, los promotores culturales y otros grandes paladines de la sociedad moderna.

El cementerio de Père-Lachaise está lleno de cuerpos putrefactos, como cualquier cementerio, sólo que a muchos de los de aquí no les basta con pudrirse: les gusta hacerlo con una corona de laurel en la cabeza. Seguro que os suenan los nombres de Oscar Wilde, Chopin o Jim Morrison. Por si fuera poco, da la casualidad de que es un cementerio de lo más coqueto, con sus calles adoquinadas, sus panteones góticos, sus lápidas siniestras y sus tumbas viejunas (estoy seguro de que Tim Burton daría lo que fuera porque le dejaran grabar una película aquí), así que es normal que se haya convertido en una de las grandes atracciones turísticas de París. Los célebres muertos, pobrecillos, tienen que estar hasta el gorro de escuchar el zapateo de los guiris sobre sus cabezas. A todo esto, ¿dónde enterrarán a los guiris cuando mueran? ¿Habría que hacinarlos en una parcela genérica para guiris, o habría que distinguir entre guiris playeros, guiris rurales y guiris urbanos? ¿Y dónde nos enterrarán a nosotros? Sí, eso, ¿en qué parcela tendremos el honor de pasar la eternidad? Recuerdo que la primera vez que fui al Père-Lachaise me puse a pensar en estas cosas y acabé bastante abatido. No tenemos bastante, pensé, con andar toda la puta vida chupándole el culo a la imagen que queremos dar de nosotros mismos, plegándonos a sus estúpidas exigencias, dejando que nos exprima y viéndola hacerse más grande y más fuerte a nuestra costa; también tenemos que hacerlo después de muertos. Dios mío, ¿iba a pasarme la eternidad fingiendo ser un tío accesible pero insondable, sencillo pero profundo, uno de esos imbéciles que intentan hacerte ver que, aunque hablen contigo de tú a tú y lo hagan tan a gusto, están muy por encima de ti? Debía de ser agotador. Es decir, lo era, lo es, pero sólo llevo haciéndolo diez años; prolongar el esfuerzo hasta el día del Juicio tiene que ser insoportable.

En ese estado de ánimo enfilé la callecita que conducía a la salida. Había empezado a llover y hacía un rato que todas las tumbas me parecían iguales. El cementerio había perdido su encanto, París era una ciudad como cualquier otra y yo llevaba años empeñando mi vida para comprarle a mi cadáver una maldita corona de laurel. Me sentía lacio. Caminaba arrastrando los pies, mirando al suelo. Cerca de la salida vi una abejita moribunda sobre un adoquín. Amarilla y marrón, amarilla y marrón, ¡más mona! Los goterones caían a su alrededor y pronto acabarían de rematarla. Estaba en la parcela de los escritores, o de los filósofos, no recuerdo bien. Me dio rabia que fuera a morir allí, rodeada de aquellos fantoches, así que la cogí y la metí en el bolsillo de mi chaqueta. Vámonos de aquí, pensé, tú no necesitas que te entierren junto a esta panda de infelices. La abejita se rebulló en el bolsillo y trepó hasta mi oreja. Tú tampoco, dijo, y murió.

miércoles, 9 de junio de 2010

La hora de las ventanas

A las diez y cuarto se encenderán las farolas. Hace tiempo que llevan horario de verano, aunque aquí el calor viene con retraso y aún ni siquiera ha llegado la primavera. Son las nueve y media y ya es de noche. En los alrededores de la Gare du Nord no hay más luz que la que emiten los neones de los bares. Azules, morados; sobre todo rojos. Hay algo inquietante en esta penumbra roja que baña las calles. Las aceras son rojas, las paredes son rojas y todo es un poco irreal. Es la hora de las ratas, la hora de las esquinas. Es, también, la hora de las ventanas. Ahí arriba, en el tercer piso. La luz está apagada y las cortinas abiertas. No puedo verles pero sé que están ahí porque brillan tres cigarros en la oscuridad. ¿Me observan? No lo sé, es probable. No hay nadie más en la calle. ¡Eh, vosotros! ¡Los de la ventana! ¿Por qué me miráis? ¿Qué queréis de mí? No contestan. Se apaga un cigarro. Una cerilla ilumina por un momento el rostro de uno de ellos. La cerilla se consume y vuelve a haber tres cigarros brillando en la oscuridad. Ahora sé que me observan.

martes, 8 de junio de 2010

El chorro mierda

Ahhgr!! Lo he intentado pero no puedo resistirme a colgarlo en el blog. Me lo ha enviado Migue y todavía me duele el cuerpo de reírme. Imprescincible verlo con audio, al menos para los que seáis andaluces.



lunes, 7 de junio de 2010

El guapo y el feo

Hoy iba caminando por la calle y un hombre se me acercó por la espalda. Aminoró el paso y se puso a caminar junto a mí. No iba mal vestido, no, al menos, peor que cualquiera de nosotros. Era alto y delgado, tenía una bonita melena castaña y, sobre todo, era muy guapo. Pensé que iba a preguntarme dónde estaba una calle o algo por el estilo, pero lo que me preguntó fue si no tendría por casualidad unas monedas. Me llevé una gran sorpresa: no parecía un mendigo. No tanto por la ropa como por lo guapo que era. Los mendigos no son guapos. Los guapos siempre triunfan, y puede que esté bien que así sea. Al fin y al cabo, no es justo que la belleza pase hambre. A los hombres guapos y a las mujeres guapas habría que ponerles una renta vitalicia para que puedan dedicarse únicamente a estar guapos todo el tiempo y a alegrarle el día a la gente. Pasa lo mismo que con el talento: aunque la historia del genio incomprendido esté más manoseada que la biblia de un cura, algo dentro de nosotros se sigue revolviendo cuando vemos a un gran artista (no a un artistilla cualquiera sino a un gran artista: una Flannery O’Connor, una Katherine Mansfield, un Kafka) viviendo en una pocilga porque no consigue vender nada. Ese tío tenía que estar viviendo en un palacio, pensamos. Y puede que pensemos bien, siempre y cuando sea un palacio abierto al público.

El mendigo guapo me vio negar con la cabeza, hizo un gesto de resignación y siguió caminando, parándose de vez en cuando para echarle un vistazo a una papelera o para pedirle dinero a alguien, hasta que lo vi perderse al fondo de la calle. Pasé junto a un escaparate y me detuve a mirar mi reflejo. Ése que me miraba desde el cristal era un impostor. Yo era un impostor. Me sentía como si hubiera alquilado un smoking y un cochazo para hacerme pasar por rico en una fiesta elegante. Me dio la impresión de estar viviendo una vida mejor que mi vida, una vida mejor que yo. Yo, con todas mis ínfulas, nunca crearé nada la mitad de hermoso que la cara de ese tío, y sin embargo es él y no yo quien va pidiendo dinero por la calle. Sé que eso no arreglaría nada, pero espero que por la noche, antes de acostarse, se mire a un espejo y se dé cuenta de lo guapo que es, y se acuerde de todos los desgraciados que no quisimos darle esas putas monedas, y tenga al menos la arrogancia de reírse de nosotros.

jueves, 3 de junio de 2010

Espaguetis, macarrones, tallarines

Que la forma determina el contenido es una verdad profunda que va más allá de la teoría literaria y de la metafísica. Hasta hace un tiempo, yo no podía entender que hubiera personas que prefirieran los espaguetis a los macarrones, o al revés. Comprendía que les gustara más el modo de comerlos, que les resultara más fácil o más difícil (yo siempre me como los macarrones con cuchara, porque no consigo pincharlos con el tenedor), pero me reventaba que dijeran que les gustaban más unos que otros. Me parecía una niñería. ¿No se daban cuenta de que eran exactamente lo mismo, sólo que cortado de modo distinto?

Después me independicé y mis opiniones empezaron a venirse abajo. ¡La vida de soltero! Pasé dos años comiendo casi exclusivamente pasta, y descubrí que no hay nada tan distinto como dos platos de pasta distintos. Lo descubrí, sí, pero no me di cuenta de que lo había descubierto hasta que un día Manolo vino a comer a mi casa. Cuando me vio sacar el paquete de tallarines, dijo: «ah, tallarines. Están buenos». Eso fue todo. Dijo que estaban buenos, pero lo que quería decir, o lo que yo interpreté que quería decir, era que estaban más buenos que los espaguetis. Y fue entonces cuando tuve la revelación. Me limité a decir: «sí, están buenos», y hice como si nada, pero las rodillas me temblaban de emoción. Dentro de mí se había encendido una luz muy grande y muy blanca. Lo que había dicho Manolo era una verdad como un castillo. ¡Los tallarines estaban buenos! Hasta entonces nunca le había prestado la menor atención a qué clase de pasta compraba, simplemente iba al supermercado y cogía la más barata. Pero ahora me daba cuenta de que los tallarines eran sin duda la que más me gustaba. Pasaron por mi cabeza un montón de recuerdos: aquella vez, por ejemplo, que preparé el plato de pasta más cutre de la historia (poco menos que pasta con agua y sal) y me supo a gloria y no lograba explicarme por qué me sabía tan bien. ¡Eran tallarines! ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo sin darme cuenta? Dios mío, ¿en qué me estaba convirtiendo? A ese paso, pronto acabaría como uno de esos grises funcionarios de Gógol, tan insulsos que ni siquiera son capaces de gozar de la comida. ¡Ni hablar! No, no y no. Al fin sabía lo que me gustaba. Mi vida cambió a partir de aquel día. Ahora, en vez de comprar espaguetis compro tallarines, aunque no estén de oferta, y creo que soy un poco más feliz. Así que gracias, Manolo, no sabes el favor que me hiciste. Uno puede vivir tranquilamente sin saber nada sobre la dialéctica hegeliana, pero la vida no sería digna de vivirse si no supiéramos decir cuál es nuestro plato favorito.

Lúa, uñas

Un día, en Portugal, Rute encontró una preciosa gata negra tirada en la calle. Estaba malherida. La llevó al veterinario y la curaron. Después le puso un nombre: Lúa, que significa Luna en gallego. Y decidió quedársela y cuidar de ella.

Varios meses más tarde llegué a Santiago y empecé a buscar piso. Visité dos o tres y no me gustaron, hasta que llegué a la que iba a ser mi casa durante aquel año. Rute, que estaba de vuelta en Galicia, fue quien me la enseñó. Me avisó que en la casa vivía una gata, así que si eso me suponía un problema… ¿Problema? Qué va, mujer, para nada, por mí de puta madre. Pero la verdad es que le tenía un miedo de muerte a los gatos. Gracias a Rute y a Lúa lo superé. Es decir, lo superé temporalmente. Al cabo de unas semanas (bueno, venga, al cabo de unos meses), le había perdido el miedo a Lúa. Sin embargo, esto de los miedos no es tan sencillo como nos han enseñado. Uno no tiene un miedo, se enfrenta a él, lo supera y ya está, se acabó el miedo para siempre. No. A mí, al menos, no me funciona. Porque resulta que, al parecer, aquella experiencia no sirvió de nada y ahora vuelvo a tenerle miedo a los gatos. O no, yo qué sé, a lo mejor no les tengo miedo y lo que pasa es que Hugo me tiene manía (porque me tiene manía, Silvia, me tiene manía él a mí y no yo a él, es así y me da igual lo que digas). También puede ser que le perdiera el miedo a Lúa pero no a los gatos, lo que no dejaría de ser paradójico, porque Lúa es, con diferencia, la gata más mala que he conocido en mi vida. Algunas noches se metía en mi cama, debajo de las sábanas, y se quedaba a dormir conmigo, usando mi barriga como almohada. Después, a las tantas, se despertaba y empezaba a morderme y arañarme los pies. Y no eran arañazos cariñosos, no, ni muchísimo menos. Era una auténtica carnicería. Por más que intentara explicarle que no era de buena educación hacerle eso a una persona dormida, ella seguía dándome guerra. Nos enzarzábamos en un cuerpo a cuerpo bastante desigual (Lúa habría podido fácilmente conmigo y con cinco tíos como yo), y al final, agotado y lleno de arañazos, buscaba la manera de echarla del cuarto.

Pero no es de Lúa de lo que yo quería hablar. Yo quería hablar, aunque suene empalagoso, de la soledad. Y es que, de algún modo, parece como si, al adoptar a un animal, nos sacudiéramos nuestra soledad (como quien se sacude una garrapata) a costa de la suya. Me explico. Resulta que en la casa de Santiago éramos tres personas (Cris, Rute, os echo de menos) y una gata. La pobre estaba muy sola. La ventana del salón daba a un gran patio, un patio no, algo raro, una especie de descampado de hormigón rodeado de pisos. Y allí vivían muchos gatos. Recuerdo que no tenían dónde resguardarse (no había ni un tejadillo, ni un mísero toldo, nada), y cuando llovía aguantaban el chaparrón en silencio, sin moverse, como estatuas. Nosotros vivíamos en la quinta planta. Estábamos lejos de ellos. Así, creo, debía de sentirlos Lúa: lejos. A veces se subía a un sillón que había junto a la ventana y se los quedaba mirando. Teníais que haberla visto, apoyada en las patitas delanteras, las traseras descansando sobre el sillón. Era una imagen absorbente, hipnótica, no sé, evocadora. ¡Cómo miraba a los gatos! Ni a Cris ni a Rute ni a mí nos miraba nunca de ese modo. También, otras veces, cuando dejábamos la ventana abierta, se subía al alféizar y se tumbaba allí a contemplar el patio. Hasta que un día, de buenas a primeras, desapareció. Lúa no estaba en la casa. Creo que fue Rute la que se asomó a la ventana y la vio: estaba en la terraza de la vecina del primero, cuatro pisos más abajo. Increíblemente no se había hecho daño. Había bajado cuatro pisos en un tiempo récord, rodando en el vacío sin paracaídas, y no sólo sobrevivió sino que apenas se hizo un rasguñillo de nada. Esa gata era increíble. Lo que me pregunto es cómo fue a parar al patio de la vecina. Se cayó, diréis vosotros, estaba en el alféizar, pegó un resbalón y se cayó. Puede ser. Es más, tiene toda la pinta de que eso fue exactamente lo que pasó. Pero también puede ser que no pudiera soportar la soledad y intentara saltar al patio de los gatos para reunirse con ellos.

Todo esto me viene a la cabeza porque acabo de ver a una parejita paseando al perro en el canal Saint-Martin. La mujer lo sujetaba con la correa y el hombre le hacía carantoñas, pero el perro no le prestaba la menor atención. Tenía la vista clavada en algo mucho más importante: otro perro. Se lo comía con los ojos. Lo miraba con los músculos tensos, dispuesto a salir disparado en cuanto le quitaran la correa. No me gusta sacar conclusiones fáciles (ni difíciles), y, por puro orgullo, trato de evitar los manidos alegatos ecologistas, pero, joder, imaginaos que nos mantuvieran aislados del resto de las personas, y que, cuando al fin nos dejaran ver a alguna, sólo nos permitieran olisquearle el culo durante un par de minutos, chuperretearnos un poco y pare usted de contar. No tengo ni idea de lo que quiero decir, ni siquiera sé si quiero decir algo; lo que sí sé es que cuando veo a un perro intentando zafarse de la correa para ir en busca de otro perro, cuando recuerdo a Lúa asomada a la ventana, me dan ganas de sacar las uñas y ponerme a maullar.