martes, 11 de mayo de 2010

Rue Saint-Denis

Rue Saint-Denis, calle de putas y sexshops. Aunque estamos a dos pasos del centro turístico de París, aquí no hay turistas. Aunque las calles de los alrededores están atestadas de cafeterías, de brasseries, de todo tipo de negocios chic, aquí no hay más negocio que la prostitución. Son las diez de la mañana de un miércoles cualquiera. Hay hombres quietos en la acera, de pie, solos. ¿Venden algo? ¿Compran algo? ¿Qué hacen ahí quietos y callados? Es inimaginable que sean chulos o camellos; en realidad, resulta difícil creer que alguna vez hayan hecho algo, cualquier cosa, salvo estar ahí de pie mirando a ningún sitio. Hay uno apoyado en una farola. Gordo, calvo, no sé si moro o mulato. Una mujer camina delante de mí. Cuando llega a su altura, él le dice algo y ella pasa de largo sin siquiera mirarle. Ahora soy yo quien pasa junto a él. Me dice: Monsieur… Aminoro el paso y lo miro. Sigo caminando despacio, girando el cuello para no apartar mi mirada de la suya, esperando que diga algo más. Pero no dice nada. Sólo me mira y me mira sin decir nada, sin despegar la espalda de la farola, hasta que desaparezco. Es extraño, hay muchos como él. Y es tan temprano. ¿Acaban de levantarse o llevan, como yo, toda la noche despiertos? Quizá no duermen. Quizá no comen. Sólo están ahí de pie durante días, semanas, meses, hasta que caen muertos o se los lleva el camión de la basura. Son las diez de la mañana pero podrían ser las tres de la noche, aquí no sirve de nada contar las horas. En la rue Saint-Denis no hay más tiempo que el que venden las putas: diez minutos, por ser tú un cuarto de hora. Se parece a caminar por un sueño. No por una pesadilla: por un sueño. Porque no es miedo lo que uno siente. O sí. Es miedo, pero no la clase de miedo que sentiríamos al toparnos con un oso a la vuelta de la esquina, sino el miedo que sentimos al  ir al baño por la noche y encontramos el suelo lleno de cucarachas. Cucarachas inofensivas, repugnantes, apestosas. Apestosas no, las cucarachas no huelen. Estos hombres sí. Huelen a sudor, a saliva, a semen encostrado, a bragueta entreabierta, a manos, a manos sucias. No es un miedo sublime, de ésos que preceden o suceden a una gran revelación; a duras penas llega a ser un miedo literario, y sin embargo, paseando entre este montón de mierda, entre esta mancha de viciosos, de guarros sonámbulos, a uno le da la sensación de que en cualquier momento caerásobre la rue Saint-Denis una bomba silenciosa que arrasará la tierra y lo dejará todo reducido a soledad, una soledad parecida a la que deben de sentir estos hombres.

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