jueves, 20 de mayo de 2010

Puta vieja

Jueves por la mañana, estoy muy contento. No sé por qué: anoche no follé. Aun así me siento radiante. Puede que sea porque hoy, después de dos semanas, ha salido el sol. Voy al supermercado. Cojo una cesta de la compra y doy un par de vueltas, yogures, plátanos, filetes de ternera (aquí son carísimos, pero de vez en cuando el cuerpo te pide un poco de sangre roja, muy roja). Ya con la cesta llena, me planto en la caja. Hay tres mujeres delante de mí. En los altavoces suena una canción de Elvis Presley. Mis piernas se menean al son de la música. Joder, qué contento estoy. Tengo ganas de saltar y cantar. Cuando ya sólo queda una mujer en la cola, caigo en la cuenta de que no he cogido el tomate triturado. Siempre hay que coger tomate triturado. Soy el último de la cola y no hay nadie a la vista que pueda quitarme el sitio, sólo una viejecilla con un carrito de la compra que ronda por allí distraídamente, apretándose las gafas a la nariz para mirar las etiquetas. Tiene pinta de ser de ésas a las que les gusta pararse a leer la letra pequeña, bote de 75 centilitros a 2,25; el litro le sale a 3 euros. Así que si me doy prisa puedo ir y volver sin que me quite el sitio. Fuc fac, ya he ido y he vuelto. He tardado exactamente 5,3 segundos, porque el pasillo del tomate triturado está al lado de las cajas (y también porque estoy muy contento y cuando estoy muy contento puedo correr a la velocidad de la luz). Pero la vieja estaba al loro y en cuanto me ha visto largarme ha aprovechado para ocupar mi sitio. Me mira de soslayo varias veces. Sabe que se ese sitio me pertenece, sabe que podría haber dejado la cesta en el suelo, guardándome el sitio, y que habría sido totalmente justo, porque en esto de las cestas rige una norma parecida a la de los coches en doble fila: puedes dejarla estacionada sin que nadie te la retire durante x tiempo, y 5,3 segundos entra sin duda en ese intervalo. Pero la muy ladina no dice nada, ni hace ningún gesto para dejarme pasar. He sido muy torpe. Y ella ha sabido aprovecharlo. Puta vieja. De repente, toda la alegría se ha evaporado. Con lo contento que estaba. Ahora sólo tengo ganas de estrangular a la vieja, de dislocarle los huesos y meterla a presión en el carrito de la compra. La observo pasar las cosas por la caja, pagar y marcharse. Después me toca a mí. Hago lo mismo. Cuando salgo del supermercado, la veo caminando despacio por la acera, arrastrando pesadamente el carrito, encorvada, quejumbrosa, vieja. Acelero y paso por su lado dando saltitos, jugueteando con las bolsas de plástico, que en mis manos jóvenes parecen tan livianas como pompas de jabón. Sé que yo también seré viejo algún día, pero ella no vivirá para verlo. ¡Te jodes! ¡Eres vieja y yo no! ¡Te jodes! La vida vuelve a ser maravillosa.

2 comentarios:

  1. Doy fe... En Sevilla, igual que hay canijos y chonis (como aquí se los denomina), también hay viejitas abusonas. Y, por lo general, su campo de acción es cualquier sitio donde haya una fila con gente apresurada -o no- esperando el turno. Por muy increible que pueda parecer, también se las ha llegado a avistar en grupos pequeños frente a ventanillas de banco. Qué hacen allí sigue siendo, por lo pronto, un misterio insondable. Yo, personalmente, sospecho que desde ahí dirigen el destino de los comedores de pan a su antojo: como las eríneas o las parcas en la Grecia y Roma clásicas, respectivamente.

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  2. Ay, Pepepe, sólo de pensar que esas viejas arpías dirijan mi destino, me entran ganas de arrancarme un brazo y morderme el codo.

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