martes, 11 de mayo de 2010

No me creo que no te creas

No me lo creo. ¡No me lo creo! No me creo que no nos creamos nada.

-¿Hacer? -dice Lucidín-. ¿Decir? Qué voy a hacer ni decir. Si pudiera creer en algo, haría. Pero a mí hace tiempo que se me pasó la manía de creer...

Pobrecito, pobre pobre Lucidín. No le gusta la alegría porque dice que es vulgar. No le gusta la tristeza porque dice que es autocomplaciente. Lucidín no escribe un blog porque para qué. No se cree na de ná, y no le queda otra opción que estarse quieto y callado. Pobrecito… ¿Pobrecito? Pues a mí no me da pena, y mucho menos le admiro. Lucidín es un llorica que quiere ennoblecer su llanto. ¿Le duele el corazoncito porque su amadísima ha elegido a otro príncipe azul? No, de eso nada. Si él quisiera, ahora mismo andaría enredado en las piernas de la amadísima. Pero, a última hora, la lucidez, la mismísima Lucidez en persona se dignó bajar a la tierra para revelarle que no merecía la pena hacer el menor esfuerzo por rebañar un poquito de amor humano. ¿Se siente impotente porque no consigue estar a la altura de la idea que se había hecho de sí mismo? Pero no, hombre, eso cómo va a ser. Lo que pasa es que ha perdido la ingenuidad, y ahora se da cuenta de que aquellas hermosas ilusiones eran tan estúpidas como escupir hacia arriba. ¡Anda y que se lo cuente a Cioran! ¡O a Pascal! ¡O a Pessoa! Lo que es a mí, ya me tiene hasta los huevos de lloriqueos trascendentales. Se acabó, ahora mismito cierro la puerta. No, Lucidín, no puedes entrar. No me lo creo. ¡No me lo creo! No me creo que no te creas nada. A partir de ahora, tú vas por tu camino y yo por el mío. Si te quedas atrás, te quedas tú solo. No pienso volver a llorar contigo.

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