lunes, 24 de mayo de 2010

Los vigilantes de la playa

Ahora que me sobra el tiempo, ahora que no tengo amigos ni dinero para hacerlos, ahora, justo ahora, cuando más necesito a las musas, me asaltan continuamente los recuerdos más pueriles, sólo ésos, los pueriles, los que ni traídos por los pelos dan para un mal cuento. Recuerdo, por ejemplo, mi fascinación juvenil por Los vigilantes de la playa y me pregunto si lo que me cautivaba eran los cuerpos de ellas, como entonces creía, o los de ellos. A ellas deseaba sobarlas, chuparlas de arriba abajo, o, cuando menos, tenerlas en la tele el tiempo suficiente para acabar de masturbarme. A ellos, en cambio, los deseaba de un modo mucho más absorbente: quería ser como ellos, tener sus abdominales, sus pectorales,  aquel flequillito tan exquisitamente despeinado, y a ser posible la pelusilla que bajaba del ombligo al bañador, como indicando el camino. En ellas (rubias, tetonas, rubias) pensaba durante un par de minutos cuando entraba en la ducha; en ellos pensaba durante una hora cuando salía de la ducha y veía mi torso escuchimizado en el espejo del baño. De ellas hablaba con los amigotes en la puerta del colegio; de ellos sigo hablando con ese enemigo invisible, implacable, cruel, que me vigila mientras hago flexiones en mi cuarto.

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