martes, 11 de mayo de 2010

Las niñas buenas

Las niñas buenas van al supermercado los viernes por la tarde, cuando salen de la facultad. En realidad, todas las niñas van al supermercado los viernes por la tarde, pero ellas son las únicas que no compran cerveza, ni whisky, ni ron. Van arrastrando el carrito de la compra. Lo llenan de espaguetis, de filetes de pollo, de naranjas y de pasteles, muchos pasteles de chocolate.

Las niñas buenas se reúnen los viernes por la noche (en parejas, en grupos de tres como mucho), en un pisito de estudiante de los alrededores del campus. Cuchichean sobre las niñas malas, las ponen a parir, y después, a lo mejor, ven una peli. Cuando al fin se quedan solas, cada una en su piso, notan un olorcillo raro, la sienten venir: es la tristeza. Una tristeza afilada, que abre una grieta minúscula en su disciplina, en la rutina compacta de las niñas buenas. No hay peligro. La tristeza de las niñas buenas es muy dócil, muy adaptable. Después de tantos años, se ha integrado tan completamente en la rutina, que la rutina sin ella ya no sería lo que es.

Sólo hay un momento en que da la impresión de que se les va de las manos: cuando apagan el ordenador, media hora después de que su amiga se haya ido. Es un instante tan breve que no ocupa espacio: mientras se sacan las manos de las braguitas, suspiran y saben que ese orgasmo no es el que andaban buscando, y que no serviría de nada volver a masturbarse.

Por suerte, las niñas buenas tienen el sueño fácil (se levantan muy temprano y trabajan mucho mucho muchísimo), y lo de apagar incendios se les da la mar de bien. Así que, en cuanto la tristeza empieza a ponerse tonta, se echan en la cama, cierran los ojos y se tapan hasta el cuello, dejando un hombrito al aire para sofocar los últimos calores. Antes de quedarse dormidas, apenas les da tiempo a repasar mentalmente tres o cuatro rostros.

Me pregunto si esos rostros pertenecen a niños malos o a niños buenos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario