sábado, 15 de mayo de 2010

Hablemos de sexo

Hablemos de sexo. Sexo sexo sexo. «¿Quiere usted un poco de sexo?» «Sí, gracias.» «Perdone, caballero, ¿no tendrá por casualidad un poco de sexo?» «Naturalmente, lo tengo aquí mismo. Sólo dígame cuánto quiere y no se hable más.»

Sexo. El sexo puede ser algo maravilloso, no hace falta ser un depravado para darse cuenta. Tampoco hace falta ser un reprimido para darse cuenta de que se ha convertido en un valor de cambio bastante sospechoso: tú me das sexo y yo te doy una conciencia tranquila. La conciencia de haber hecho los deberes.

Imagino a un padre de un futuro cercano (¿futuro? El mundo va tan rápido y yo voy tan despacio que bien pudiera ser que ese futuro quedara atrás hace tiempo) diciéndole a su hijo adolescente: «¿Has estudiado ya para el examen de matemáticas? Bien. ¿Y has ido a recoger la chaqueta de la tintorería? Perfecto. ¿Y has follado? ¿No? ¿Que no has follado todavía? ¡Pero si son casi las diez! Esto no puede ser, hijo, no puede ser. ¿Así me pagas todos mis sacrificios? Hay que follar, te lo digo por tu bien. ¿Qué va a ser de ti el día de mañana si no follas?» Eso, ¿qué va a ser de él? No hace falta que conteste, todos conocemos la respuesta: un fracasado. El que no folla es un fracasado. Y si se le ocurre hablar mal del sexo, es, además, un reprimido. Exactamente igual que el que no tiene un BMW. En cuanto empieza a hablar sobre las excelencias del transporte bípedo, tiene que escuchar la cantinela de siempre: la envidia es muy mala…

¡Sexo! Sí señor, el sexo está muy bien, pero últimamente la fiebre del sexo está llegando a un punto insoportable. De hecho, aún no está disponible, pero pronto saldrá a la venta en los estancos un nuevo modelo de curriculum vitae. A los consabidos apartados de experiencia laboral y nivel de formación, se añadirá un anexo en el que deberemos detallar la variedad, cantidad y calidad de nuestras experiencias sexuales. Además, según me han confiado fuentes totalmente fiables, el ministro de economía está estudiando la posibilidad de hacer que la práctica coital (siempre que sea demostrable) desgrave impuestos (ni que decir tiene que la postura del misionero queda excluida, «por anticuada, retrógrada y, en general, poco moderna»).

En fin, no estoy diciendo nada nuevo. Por otro lado, tengo que reconocer que de todas las sensaciones que conozco, ninguna es comparable a la follar a pelo. Hacer el amor también es una gozada, pero follar a pelo es algo insuperable. Ahora bien, una cosa no quita la otra. ¿Sexo? Sí, gracias, pero me siguen dando risa (y envidia, claro) los que se pasan el día olisqueando faldas para engrosar su ridiculum vitae.

Y dicho esto, ¡a follar!

1 comentario: