miércoles, 12 de mayo de 2010

El Gran Depredador

Dicen por ahí que el hombre es el Gran Depredador, el único animal que mata sin ser matado, el único que no agacha la cabeza ante nadie. No sé yo. Es verdad que hasta las bestias más bestias han mordido el polvo en más de una ocasión: los elefantes, por ejemplo, son acosados a veces por manadas de leones, y éstos, a su vez, tienen que salir por patas cuando a un grupo de hienas se les mete en la cabeza arrebatarles el almuerzo. Lo que no está tan claro es que el hombre sea una excepción. Miren, si no, lo que acaba de ocurrir. Es domingo. Domingo por la tarde. Cada vez hay menos luz. Se encienden las farolas. De pronto, como si hubiera sonado el toque de queda, las calles se vacían. La gente se retira a sus casas en estampida y deja tras de sí un murmullo, que rueda en el asfalto como esas pelusas gigantes que atraviesan el desierto: que viene el Lunes, que viene el Lunes… Igual que los conejos cuando ven un águila en el cielo, las pobres personitas le han visto las orejas al Gran Depredador, y han corrido a refugiarse en sus madrigueras.
Por suerte, en la lucha por la supervivencia no siempre gana el Gran Depredador. A veces no es tan fiero como lo pintan, a veces no es más que un farolero, a veces basta con plantarle cara. Señores, por favor, no huyamos. Luchemos. No dejemos que se nos coma el tiempo. Entiéndanme, no se trata de perdurar a toda costa. Al universo no le importa si vivimos o no, si la humanidad echa raíces en la tierra o se consume como una cerilla. A mí, la verdad, tampoco me importa. Si hemos de extinguirnos, extingámonos: que las gambas se rebelen y conquisten el planeta, que baje del cielo una piara de dioses o de extraterrestres y reduzca las ciudades a cenizas, que nos dé un lengüetazo un agujero negro. Pero, por el amor de dios, me niego a que me devore un simple lunes: sería humillante que acabara con nosotros un puñado de relojes y calendarios de plástico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario