martes, 18 de mayo de 2010

¡Corred, amigos!


A las siete de la mañana aparecen los primeros. Media hora más tarde le llega el turno a la segunda hornada. A las ocho, a las ocho y media, a las nueve; en grupos de quince o veinte (pero en unidades separadas, como las magdalenas) van llenando las márgenes del canal Saint-Martin. Después, cuando el sol empieza a picar, se evaporan, como el rocío. Son los corredores mañaneros.

Sus mallitas de licra, sus medidores de pulsaciones, sus calcetines blancos ofenden nuestro gusto por lo decadente. Podría pensarse que, en compensación, sus rostros sudorosos y sus dientes apretados halagan nuestro culto al cuerpo, pero no. Nada de eso. Los corredores mañaneros son cualquier cosa menos bonitos. Es paradójico, pero así es. Suelen estar rellenitos, les tiemblan las carnes a cada paso, son feos. Si queremos encontrar cuerpos esculturales tenemos que ir al gimnasio. Allí es donde están los guapos. Los corredores mañaneros son a la belleza lo que los burócratas al poder: eternos aspirantes.

Nos seduce mucho más el héroe desaliñado, pasota, que se sienta en el parque a beber cerveza y a ponerle zancadillas a los corredores, el chico malo al que le entran agujetas sólo de hablar de deporte, pero que tiene, a pesar de todo, unos abdominales más duros que un chaleco antibalas. No es de extrañar, visto lo visto, que hoy nadie quiera ir a correr por las mañanas, ni que tarde o temprano todos acabemos yendo.

La bici es otra cosa. Uno puede ir en bici y no ser un ciclista. Montar en bicicleta (siempre que la bici sea roñosa, le falte al menos un freno y tenga algún que otro desconchón) es perfectamente compatible con llevar barba de tres días y un pañuelo palestino, con votar a los verdes y escuchar al Sabina, con escribir poesía y fumar porros. Montar en bici puede herir nuestra próstata, pero no nuestro amor propio. Así que ya saben, si ustedes lo que quieren es perder unos kilitos sin perder su mala reputación, no lo duden, acérquense al rastro y háganse con la peor bici que encuentren.

Yo, por mi parte, tengo que confesar que cada vez me siento más cerca de esos pobres diablos que van a correr cada mañana. Los observo desde lejos, tras una larga noche de insomnio, y hay algo en ellos que me fascina. Son personas tristes, y la tristeza es hermosa (la alegría, en cambio, está buena). Tengo la impresión de que se comunican en silencio, mediante un código de gestos muy primario pero muy tierno. Van a correr como quien asiste a las reuniones de alcohólicos anónimos. Comparan sus progresos y los aprueban con un levísimo movimiento de cabeza, a veces con una simple inclinación de los párpados. Se dan ánimos e intercambian miradas llenas de comprensión. Creo que, si las miradas realmente hablaran, las suyas hablarían más o menos así: soy como tú, soy como tú, corre. Sé que puedo y que tú puedes. No te rindas, no estás solo, no me abandones. Si tú caes bajaré a por ti; si yo caigo, vente conmigo al infierno.

2 comentarios:

  1. ¡Naturalmente! Amigo, no sé si llorar de alegría o de angustia. Y sinceramente, temo que el sudor frío y los dedos temblorosos ya hayan decido por mí: qué poco nos gusta oír nuestras miserias de boca de otro. Muchísimas gracias también por este texto. Maravilloso.

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  2. Joder, Pepepe, ¿qué te he hecho yo para que te guste tanto sacarme los colores? Si pudiera te compraba, te cosía a una cadenita y me la ataba al cuello, para tenerte siempre cerca por si me da el bajón y necesito escuchar algo bonito. Pero no creo que haya en el mundo dinero para comprarte. Gracias.

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