miércoles, 23 de mayo de 2012

¡No estoy muerto!


Pero me temo que el blog sí. Ni las fuerzas ni el talento me dan para llevarlo todo adelante, y prefiero abandonar el blog a cualquiera de mis otras aficiones: hacer la colada, fregar los platos, escribir un cuento de vez en cuando. Ojo, nadie vaya a creer que mi vida es aburrida. También saco la basura casi todas las noches (a altas horas de la madrugada, a la hora de las ratas…), y una vez por semana hago un poco de vida social en el supermercado, donde intercambio abrasadoras miradas con las cajeras. Por si fuera poco, hace un mes se instaló en mi armario una criatura, una pequeña y oscura criatura con dos ojos azules que brillan en la oscuridad. Me basta pensar en ella, saber que está ahí, para no sentirme solo. Antes necesitaba escribir en el blog y leer los emails y comentarios de mis admiradores, que se cuentan miles, por cientos de miles, y están repartidos por todo el planeta; ahora la tengo a ella, a mi criatura. No me quiere, pero me observa. No la quiero, pero la temo. A su manera es una relación muy intensa. Puede que el día de mañana me abandone o la mate, y quizá entonces vuelva a sentirme solo y os necesite. Entretanto, tendréis que acostumbraros a vivir sin mí. Será duro, lo sé, pero debéis hacer un esfuerzo. Yo, por mi parte, tendré que aprender a vivir sin vuestra presencia muda, sin vuestra atenta y cariñosa vigilancia. Ya os echo de menos.

jueves, 29 de marzo de 2012

Somebody That I Used to Know

Acabo de encontrar esta canción en el magnífico blog de Ben Clark. Quien la escuche entera y diga que en ningún momento se le ha puesto la piel de gallina MIENTE.


miércoles, 7 de marzo de 2012

Sobre el escribir oscuro

Observo con recelo y con profundo alivio que poco a poco mis inquietudes van perdiendo consistencia, se encogen y se arrugan, hasta el punto de que en los últimos tiempos han quedado reducidas a inquietudes literarias, lo cual habla muy mal de la calidad de mis inquietudes y muy bien de mi salud espiritual. Podemos estar seguros de que los dioses nos aman cuando empezamos a tomarnos en serio los problemas de la escritura (forma y contenido, expresión y significado): no lo haríamos si tuviéramos verdaderos problemas. Dicho esto, he de aclarar que siempre me han parecido perfectamente idiotas (y me lo siguen pareciendo) los esfuerzos de los escritores y de los teóricos de la literatura por imponer una forma de escritura particular. Hay que rehuir los vulgarismos, dicen unos; hay que rehuir los cultismos, dicen otros. Al lector hay que ofrecerle las frases limpias, dicen unos, como el pescado, sin escamas ni espinas, de modo que pueda metérselas en la boca con toda tranquilidad, sabiendo que lo entenderá todo a la primera y que no se llevará sorpresas desagradables; el lenguaje hay que abrirlo al sinsentido, dicen otros, o a los sentidos más inesperados, llevarlo al límite, retorcerlo, exprimirlo como un bayeta y sacarle todo el jugo, aunque el jugo resulte ser poco más que agua sucia. Hay que escribir difícil, fácil, claro, oscuro, mucho, poco. Hay que escribir con el corazón, con la cabeza, con las entrañas, con las manos, con los pies, con un ojo, con el otro, con los pelos, con sangre. En cualquier caso, vienen a decir todos los que se enfangan en estas ridículas peleas de niños, hay que escribir como yo, o como a mí me gustaría escribir si tuviera algún talento.

No hace falta ser muy perspicaz darse cuenta de que quien así habla es idiota o idiota, o ambas cosas. Y no creo que yo sea una excepción. Soy un idiota feliz, en los últimos dos meses he gastado tres libretas en las que he escrito únicamente sobre estos asuntos. Sin embargo, por más que escribo tengo siempre la impresión, al releer mis notas, de que ninguna llega a nada que se parezca a una conclusión, y de que la conclusión a la que llegan es partidista, interesada. ¿Cómo, no había dicho que no llegan a ninguna conclusión? Sí. ¿Entonces? No sé, es raro. ¿Nunca os ha pasado que alguien a quien no habéis visto jamás, y que quizás no existe, os parece feo? ¿O que le cogéis cariño o asco a un recuerdo muy vívido, aunque no sois capaces de precisar a qué época se remonta, ni a qué objeto se refiere, ni si se corresponde con algo que realmente habéis vivido? Pues es algo parecido. Un filósofo francés tal vez aprovecharía este párrafo para introducir una irritante y hermosa divagación sobre la ausencia y la presencia, sobre la ausencia de la presencia o la presencia de la ausencia, pero yo no soy filósofo ni soy francés, así que más me vale estarme calladito. En cualquier caso, tengo que reconocer que a veces sí creo haber encontrado las palabras exactas, la solución al importantísimo problema que los dioses me permiten tomarme en serio: cómo escribir. Ocurre siempre mientras leo un libro, y, cosa curiosa, las palabras, la palabras exactas, las palabras que resuelven el enigma, coinciden casualmente con las que encuentro en el libro, aunque no por eso dejo de tener la certeza (creo que Proust hablaba de esto en algún sitio) de que el descubrimiento me pertenece a mí por entero. Qué bien, me digo en esos momentos, Noséquién está de acuerdo conmigo, piensa lo mismo que yo. Alguien podría observar que en realidad soy yo el que, después de haberlo leído, pienso igual que él, y no cabe duda de que es así, pero no por ello me abandona la sensación de haber perpetrado una hazaña. Es verdad que yo no he conseguido escribir, es decir, pensar esas palabras, pero si las reconozco como mías de un modo tan vivo es porque, sin duda, estaban dentro de mí y habría acabado dando con ellas. El razonamiento puede parecer rebuscado, ¿pero quién no es rebuscado a la hora de salvar el propio ego? Además, por más rebuscada que sea, encuentro envidiable esta capacidad de autoengaño y no la cambiaría por la más refinada lucidez. Para sentirme un genio no necesito escribir ninguna genialidad, me basta con leerla y creer que podría haberla escrito yo. Y eso es exactamente lo que me ha pasado hace diez minutos, mientras leía «Sobre el escribir oscuro», un ensayo de Primo Levi incluido en el libro El oficio ajeno, publicado por la exquisita editorial El Aleph. El ensayo empieza diciendo, como debe ser, que cada cual es libre de escribir como quiera, que «jamás se debería imponer límite o regla alguna a la escritura creativa», y sólo tarda un párrafo en contradecirse (como debe ser), al afirmar que «no se debería escribir de modo oscuro.» Después Primo Levi se limita a exponer al dedillo mis pensamientos, con los que parece estar totalmente de acuerdo. Ya hace un rato que sobrepasé el límite a partir del cual nadie te presta atención en internet (nueve palabras), así que aprovecho el tirón y os dejo algunas muestras de mis ideas en boca del gran escritor italiano.

«Mi lector “perfecto” no es un erudito, pero tampoco un ignorante; no lee por obligación, ni para pasar el rato, ni para quedar bien en sociedad, sino porque siente curiosidad por muchas cosas, quiere elegir entre ellas y no quiere delegar en nadie esta elección. Conoce los límites de su competencia y preparación, y orienta su elección de forma consecuente; en este caso, ha elegido voluntariosamente mis libros, y le dolería no entender línea por línea lo que he escrito, o mejor, le he escrito: y es que yo escribo para él, no para los críticos, ni para los poderosos de la Tierra, ni para mí mismo. Si no me entendiera, él se sentiría injustamente humillado y yo sería culpable por incumplimiento de contrato.»

«Por otra parte, hablar al prójimo en una lengua que no puede entender quizá sea el vicio de algunos revolucionarios, pero no es en absoluto un instrumento revolucionario: es, muy al contrario, un viejo artificio represivo, conocido por todas las iglesias, una mala costumbre típica de nuestra clase política, fundamento de todos los imperios coloniales. Es una manera sutil de imponer el propio rango: cuando, en Los novios, el padre Cristóforo dice “Omnia munda mundis”, a fra Fazio, que no sabe latín, “al oír esas palabras grávidas de un sentido misterioso, y proferidas tan resolutamente,… le pareció que debían de contener la solución de todas sus dudas. Se resignó y dijo: «¡Basta! Usted sabe más que yo»”.»

«No hay duda de que, mientras vivamos, sin importar la fortuna que nos haya tocado o que hayamos escogido, tanto más útiles (y gratos) seremos a los demás y a nosotros mismos, y tanto más tiempo seremos recordados, cuanto mejor sea la calidad de nuestra comunicación. Quien no sabe comunicar, o comunica mal, con un código que nadie o pocos comparten, es infeliz, y esparce infelicidad a su alrededor. Si comunica mal deliberadamente, es una persona malvada, o al menos una persona grosera, pues fuerza a los demás a la fatiga, a la angustia o al aburrimiento.»

lunes, 30 de enero de 2012

Quemar dinero

En el mejor de los mundos posibles, el nuestro, el buen ciudadano tiene un solo deber: gastar dinero. Se le puede perdonar que atraque a las viejas, que le dé por quemar a los mendigos o se líe a machetazos con los gatos callejeros. Después de todo, si él no lo hace lo hará otro. Además, ¿de qué iban a ocuparse los policías si no hubiera delincuentes? De nada. Se quedarían sin trabajo, y, sin trabajo, no ganarían dinero y no podrían gastarlo. Por otro lado, lo normal es que al delincuente lo acaben pillando, y el linchamiento público del criminal (ayer en la picota, hoy en el telediario) ha sido siempre una herramienta utilísima para aleccionar a otros buenos ciudadanos. También, naturalmente, cabe la posibilidad de que alguien cuente su historia en un libro o en una película, libro o película que, con un poco de suerte, se convertirá en un bombazo y animará al populacho a gastar dinero. En el mejor de los mundos posibles, el nuestro, el buen ciudadano es una especie de tullido moral, un lisiado al que le han arrancado el órgano de hacer el mal: por más que lo intente, el mal individual que sea capaz de hacer acabará convirtiéndose en un bien colectivo. Que haga, pues, lo que quiera, pero que no deje de gastar dinero. Si atraca una joyería, que se gaste el botín en un buen coche. Si le roba el bolso a su abuela, que se compre un teléfono nuevo. Y si no le llega para un teléfono, que se busque un pantalón o una camiseta. En Zara las hay baratísimas, en Primark están de rebajas todo el año. Y si es persona escrupulosa, poco dada a la ostentación, que se gaste el dinero en alguno de los llamados bienes primarios, lechuga, tomate, orégano, un par de calcetines, un cepillo de dientes (los dentistas recomiendan cambiarlo cada tres meses), una cuchilla de afeitar, un cortaúñas, jabón, un bote de polvos para que no le huelan los pies. El caso es gastar. Gastar dinero. ¿Para qué coño lo queremos si no? ¿Para quemarlo? Sí, ya sé que lo difícil no es gastarlo sino conseguirlo. Pero, en fin, como dice la sabiduría popular: el que algo quiere, algo le cuesta. Y habíamos quedado en que lo que queremos es gastar dinero, ¿no? Vaya, alguien dice que no. Parece que tenemos un graciosillo. ¿Y qué es lo que quiere usted, si puede saberse? ¿Un coche nuevo, una camiseta nueva, un cepillo de dientes nuevo, un cortaúñas, jabón? ¿De verdad me está diciendo que lo que usted quiere es jabón, y no, sencillamente, gastar dinero? ¿Y un bote de polvos para que no le huelan los pies? Esto es inaudito. He aquí un hombre que quiere un bote de polvos para que no le huelan los pies. La cosa no deja de ser curiosa, patológica diría yo, pero creo que podremos pasarlo por alto, siempre y cuando esté dispuesto a gastar dinero para agenciarse los dichosos polvos. ¿Está usted dispuesto? ¿Sí? Entonces no hay problema, es usted bienvenido. Al fin y al cabo, lo que importa no es la intención sino el resultado. Gastar dinero, eso es lo que importa. Es nuestro único deber. Y no parece gran cosa en comparación con todos los derechos que ganamos a cambio. Señores, seamos sensatos. Nos ha costado mucho llegar adonde hemos llegado, no lo echemos a perder. Sé que son tiempos difíciles, pero hay que hacer un esfuerzo. Gastemos dinero. Compremos. Si no compráramos teléfonos nuevos, los fabricantes de teléfonos no podrían seguir fabricando teléfonos, y, en consecuencia, dejarían de crear empleo. Por nuestra parte, nosotros, sus empleados, dejaríamos de cobrar puntualmente a primeros de mes y tendríamos que renunciar a cambiar de teléfono cada dos semanas. ¿De verdad les apetece pasar el resto de sus días con el mismo teléfono? Y otra cosa. Un asunto capital, sustancial, humanísimo, que rara vez, ay, nos paramos a considerar. ¿Qué sería del dinero si dejáramos de gastarlo? ¿Qué sería de las risueñas monedas, que tantas veces nos han alegrado el día con su tintineo? ¿Qué sería de los humildes billetes de cinco euros, que nos sirven infatigablemente, dejándose manosear sin reparos por gente de la más baja estofa? ¿Qué sería de los soberbios billetes de quinientos, que ninguno de nosotros ha visto y que quizá no existen, pero que iluminan nuestros sueños y nos llenan de esperanza y de fe en el futuro? Yo les diré, señores, lo que sería de ellos: se aburrirían, se anquilosarían y finalmente morirían de pena. En poco tiempo comenzarían a oler mal y habría que enterrarlos. Y no sería justo. ¡No sería justo! Después de todo lo que nos han dado, después de tantos teléfonos nuevos, de tantos cepillos de dientes, de tanto jabón, seríamos unos desagradecidos (por no usar otra palabra) si a la menor dificultad los abandonáramos. Además, no nos engañemos, ¿en qué íbamos a gastar nuestro tiempo si no tuviéramos dinero que gastar? ¿Qué coño íbamos a hacer con él, quemarlo? Pues sí, joder, sí, quemarlo.

viernes, 18 de noviembre de 2011

El futuro de la literatura

Alfonso Reyes escribió en 1921: «Ya no hay quien no escriba para el público artículos de dos o tres líneas. En estética, microrrealismo, y en estilo, monosilabismo. Así va el mundo. Y a juzgar por el aceleramiento de la vida, así como se ha dicho que la revista matará al libro, puede asegurarse que la nota matará al artículo. No se ve, antes de aventurarse en una lectura, si el asunto nos interesa, si la firma nos merece confianza: se ve si ocupa más de tres páginas. Los libros de notas serán la literatura del mañana, y ya casi son la de hoy. También los tratados de filosofía sistemática se van transformando en “ensayos”, palabra del escepticismo.»

Si viviera hoy, quizá el gran don Alfonso (ojo, en ese don no hay ni pizca de ironía: lo admiro de veras, aunque a veces me den ganas de pegarle un cogotazo) se alegraría de comprobar que su profecía se ha cumplido en parte, porque a todos nos gusta comprobar que tenemos razón, aunque en ello nos vaya la vida. Del mismo modo, supongo, se alegraría de comprobar que en parte no se ha cumplido, porque don Alfonso amaba la literatura, y el que la ama se alegra de que perviva en todas sus formas: notas y artículos, ensayos y tratados, etcétera. En cualquier caso, sus palabras nos rechinan, como ocurre cada vez que los escritores se ponen a dar pataletas, cada vez que adoptan ese aire enfurruñado que les sale al hablar de lo hermoso que era todo en los viejos tiempos, y lo pobres y asquerosas que resultan en comparación las cosas de hoy en día, especialmente la literatura. Lo imagino aquí a mi lado, preguntándome cómo he llegado yo, en pleno siglo XXI, a su libro. Para excusarme, le explicaría que ya había leído varias cosas suyas, que su prosa me parece, como a Borges, una de las más encantadoras que pueden leerse, bla bla bla; después, con la cabeza baja, confesaría que este libro en concreto lo he encontrado tecleando en el catálogo de la biblioteca la palabra ensayos. Lo imagino meneando la cabeza con aire resignado: ya lo decía yo, ¡ya lo decía yo! ¡Ensayos! Incluso tú, que estudiaste filosofía, rehúyes los tratados serios, los gordos, y te contentas con esas migajas filosóficas que son los ensayos. ¡Y seguro que has leído ese articulito antes que ningún otro porque era el más corto! Yo me pondría un poco coloradote (en efecto, he comenzado, como siempre, por el más corto), y en cuanto se diera la vuelta empezaría a rajar de él y a hacerle muecas por la espalda. Y quizá, para completar mi venganza, escribiría en el blog una entrada sobre la pesadez de los hombres de letras, que parecen encontrar un placer masoquista en vaticinar el fin de la literatura. Hablaría de los pobres infelices que hoy tienen pesadillas con los blogs y con los libros electrónicos. No os preocupéis, muchachos, les diría. En todos los tiempos ha habido letraheridos que, como vosotros, se empeñaban en guardar luto por el futuro de la literatura, y a pesar de sus esfuerzos la literatura ha sabido sobrevivir. Figuraos, en los años veinte creían que las revistan matarían a los libros. ¡Las revistas! ¿Habrase visto algo más mierdoso y más poca cosa que una revista? Desde luego, el que no se atormenta es porque no quiere. Diría que tal vez dentro de unos años los literatos llorarían la muerte (real o, más probablemente, imaginaria) de los blogs o de los libros electrónicos o de lo que quiera que por entonces identifiquen con la literatura, y que la literatura, una vez más, no haría caso de sus lloriqueos y seguiría adelante, vaya usted a saber en qué formato. Haría una breve mención al microrrealismo que tan encendidamente denunciaba don Alfonso, y me reiría de que a un hombre como él pudiera preocuparle semejante estupidez. También en nuestros días, diría, hay escritores (sólo escritores) que, como él, no tendrían inconveniente en meterles un dedo en el ojo a otros escritores, sólo porque tienen la manía de comprimir hasta la asfixia lo que, según ellos, merece ser desarrollado en quinientas páginas; y hay escritores (sólo escritores) a los que no les importaría meter bajo tierra a otros escritores, sólo porque tienen la manía de emborronar quinientas páginas para decir lo que, según ellos, puede decirse en cinco líneas. Unos y otros, diría, se parecen a esas marujas que ya no le importan a nadie, y que sólo encuentran consuelo en putear a sus vecinas por ir demasiado maquilladas, o demasiado poco. Finalmente, si escribiera esa entrada, supongo que en algún momento empezaría a quejarme yo también, del futuro o del pasado o del presente de la literatura, y terminaría diciendo que el formato de los escritos, por suerte o por desgracia, cambiará mil y una veces a lo largo del tiempo, mientras que el lloriqueo de los escritores, por desgracia, sin duda por desgracia, seguirá siendo siempre el mismo.

martes, 25 de octubre de 2011

24 de octubre

Todo el mundo sabe que cuando vemos una estrella o un planeta lejanos no los vemos tal como son ahora, sino tal como fueron hace tiempo. Si están, por ejemplo, a cien años luz de la Tierra, lo que vemos es la luz que emitieron cien años atrás, una luz que ha viajado durante un siglo a través del espacio, a trescientos mil kilómetros por segundo, hasta llegar a nosotros. Todo el mundo lo sabe, sí, pero no deja de dar miedo pensar que alguien, muy muy lejos de aquí, pueda observarnos a nosotros del mismo modo. Con un buen telescopio, los habitantes de un planeta situado a algo más de dos mil años luz de la Tierra podrían estar contemplando ahora mismo a Jesucristo. Un bicho alienígena, dentro de cientos o miles de años, podría ponerse las gafas de lejos y veros sentados frente al ordenador, leyendo estas líneas. Y, en fin, alguien que viva exactamente a 28 años luz de aquí, ni un día más ni un día menos, podría estar viéndome nacer en este mismo momento. Da miedo, claro, cómo no va a dar miedo saber que nada de lo que hacemos desaparece, que incluso el más mínimo gesto está lleno de fotones que viajan en el espacio incansablemente, atravesando galaxias y constelaciones, alejándose, alejándose, alejándose de nosotros a la velocidad de la luz. Hostias, sí que da miedo, porque si el universo es realmente infinito ese viaje debe de ser interminable, y de algún modo tienen razón los que dicen que vivimos eternamente. Y si no lo es, si el universo tiene un final, todas nuestras acciones, reducidas a luz, a iones, a radiación, deben de ir a parar a allí, donde tal vez rebotan o son despedazadas o perdonadas. Quizá ese final es Dios, quizá es el cielo o el infierno. Quizá es un libro o un ojo o la nada. Quizá el universo es circular y el final es la meta, que es de nuevo el final que es de nuevo la meta. Sea como fuere, amigos, si ese lugar existe (y quiero que exista, quiero que exista), nada me gustaría más que encontraros allí, mañana, pasado mañana o dentro de mil millones de años luz, invitaros a una cerveza y a un cubata y a lo que haga falta, celebrar mi cumpleaños con vosotros, coño, emborracharme y deciros a la cara esas cosas que sólo dicen los borrachos, en vez de limitarme a escribiros esas cosas que sólo escriben los cursis.

jueves, 20 de octubre de 2011

Temporada 3, capítulo 11, 00:54:00

Más acá de la antigüedad clásica, lo más parecido a una obra de arte total es una tragedia de Shakespeare. Más acá del siglo XVII, lo más parecido a una tragedia de Shakespeare es una novela de Dostoievski. Y más acá del siglo XIX, lo más parecido a una novela de Dostoievski es The wire.